Por: Carlos Jurado Peralta
Hemos cometido un error colectivo al interpretar la Inteligencia Artificial, la hemos mirado por el ojo de la cerradura, sin abrir la puerta completa.
Si analizamos fríamente la cronología reciente, la IA no llegó como un ecosistema ordenado.
Llegó en secuencias dispares.
Irrumpieron aplicaciones aisladas con “propósitos únicos” que fragmentaron nuestra percepción de la realidad tecnológica.
La trampa de la “aplicación con propósito”
Esta llegada desordenada generó una visión utilitaria y cortoplacista:
- Para unos, la IA es sinónimo de automatización y ahorro: robotizar el Call Center, reducir nómina y optimizar operaciones.
- Para otros, es una máquina de hacer dinero: generar textos de venta masivos o imágenes para campañas sin contratar diseñadores.
Bluff and hype!
Nos hemos obsesionado con el output (el resultado inmediato) y hemos olvidado el input (la materia prima).
Hemos empujado a millones de usuarios a realizar consultas masivas a la IA por cualquier trivialidad, mientras las grandes empresas, paradójicamente, siguen dudando de sus alcances reales.
¿Por qué dudan las corporaciones? Porque saben que no pueden confiar ciegamente.
La crisis de la “Data Sucia”
Todo este castillo de naipes de automatización y consultas masivas se sustenta en una premisa falsa: asumimos que la IA se alimenta de fuentes limpias, actualizadas y veraces.
La realidad es brutalmente distinta.
La IA actual navega en un océano de caos.
Carecemos de estructuras de datos apropiadas en la web.
No existe una taxonomía universal que le permita a los modelos de lenguaje filtrar con precisión qué es un dato validado y qué es ruido, qué es una fuente experta y qué es una alucinación colectiva.
Estamos pidiendo a motores de inferencia sofisticados que tomen decisiones corporativas o vitales basándose en información que no ha sido estructurada para ser leída por máquinas, no por personas.
El freno de mano de la industria
Mientras no resolvamos la disponibilidad de fuentes confiables y estructuradas, la IA seguirá siendo para las empresas un “juguete peligroso” en lugar de una herramienta estratégica definitiva.
La verdadera revolución no está en el prompt que escribes, ni en el chatbot que instalas. La verdadera revolución estará en la capacidad de ordenar el caos de la información subyacente.
No podemos seguir pretendiendo que la IA haga magia si seguimos alimentándola con desorden.
Es hora de dejar de mirar las aplicaciones sueltas y empezar a preocuparnos por la integridad de la estructura que las sostiene.
Sin datos estructurados y validados, la IA es solo un espejo que refleja nuestra propia confusión.
