“La excelencia abre puertas, pero la visibilidad y el coraje las mantienen abiertas”

En un entorno empresarial cada vez más competitivo, ¿Qué papel crees que juega la perspectiva femenina a la hora de innovar y tomar decisiones estratégicas?

La perspectiva femenina aporta hoy un valor estratégico profundamente relevante en entornos empresariales complejos y altamente competitivos. Cuando las mujeres participan activamente en los espacios de decisión, la conversación se amplía y se vuelve más integral, porque se incorporan variables que muchas veces no están presentes en modelos de análisis tradicionales.

Desde mi experiencia liderando equipos donde trabajaba con hombres y mujeres, siempre aproveché las habilidades y competencias propias de cada persona sin importar su género.  Sin embargo, en mis equipos siempre fue visible que las mujeres tendían a liderar con enfoque en personas y la colaboración, porque se preocupaban por su desarrollo, inspiraban a otros, tomaban decisiones de manera participativa, se adaptaban fácilmente a situaciones de cambio y fluían mejor a la hora de reconocer el logro de los demás.  Y todo esto lo comprueba la evidencia de varias investigaciones y estudios citados por McKinsey, BCG y Harvard que muestran que organizaciones con mayor presencia femenina en liderazgo reportan:

  • +14 % de rentabilidad
  • +18 % de satisfacción de empleados
  • +20 % de ingresos por innovación
  • +10 % de ROE cuando los directorios tienen ~30 % de mujeres

Ahora en mi rol de consultora acompañando procesos de liderazgo y transformación cultural, observo que muchas mujeres ejecutivas combinan de manera natural el pensamiento sistémico con una alta sensibilidad relacional.

Esta combinación favorece procesos de innovación más sostenibles, ya que no solo se enfocan en el resultado inmediato, sino también en el impacto en las personas, en la cultura organizacional y en la reputación del negocio.

No se trata de afirmar que existe una única forma femenina de liderar, sino de reconocer que la diversidad cognitiva eleva la calidad de las decisiones estratégicas. Cuando hay miradas diversas en la mesa, se cuestionan supuestos, se anticipan riesgos y se diseñan soluciones más robustas. Hoy la verdadera competitividad exige decisiones inteligentes, humanas y con visión de largo plazo.

Las mujeres suelen enfrentar mayores exigencias al equilibrar vida personal y liderazgo corporativo. ¿Qué aprendizajes has obtenido sobre la gestión de ese balance y cómo lo aplicas hoy?

Uno de los aprendizajes más transformadores en mi camino ha sido comprender que el balance perfecto no existe; lo que sí existe es la gestión consciente y estratégica de prioridades en cada etapa de la vida.

Durante mucho tiempo, muchas mujeres —me incluyo— hemos sentido la presión de responder de forma impecable a todos los frentes, como madre, pareja, ejecutiva, amiga, hija, hermana, etc, lo cual termina siendo insostenible en el tiempo.

Como madre de dos jóvenes puedo afirmar con toda certeza que ellos han sido mis mayores maestros de vida, porque no siempre supe como equilibrar vida-trabajo y si tuve temporadas de largas jornadas laborales en nombre de sentirme productiva siendo “premiada” en la empresa por ello; pero en casa habían dos pequeños que me esperaban despiertos muertos de sueño a que llegue porque la mayoría de las veces llegaba tarde, hasta que llega ese momento de iluminación en que se toma consciencia y empiezas a tomar acción para llegar al equilibrio.

Con los años entendí que el liderazgo sostenible empieza por el autoliderazgo. Hoy aplico tres principios que han sido clave. Primero, claridad de foco para distinguir qué es verdaderamente estratégico en cada momento y soltar la culpa por lo que no lo es. Segundo, diseño intencional de mi agenda, protegiendo espacios de alto valor tanto personal como profesional. Y tercero, construcción consciente de redes de apoyo.

Cuando las mujeres líderes normalizamos conversaciones honestas sobre energía, límites y bienestar, no solo nos fortalecemos individualmente, sino que también habilitamos culturas organizacionales más humanas, productivas y coherentes con los desafíos actuales del mundo laboral.

Es precisamente por esto que cuando creo espacios en las empresas para hablar de diversidad, equidad e inclusión pido que no solo sea por fechas específicas si no que esto sea una conversación permanente como parte de una cultura que respeta la diversidad de género y la aprovecha sobretodo.

La cultura organizacional es clave para la igualdad. ¿Cómo construyes un ambiente en el que las mujeres puedan desarrollarse, liderar y sentirse seguras al expresar su visión?

Estoy convencida de que la igualdad real no se declara; se diseña, se gestiona y se mide. En los procesos de transformación cultural que acompaño, parto siempre de una premisa central: la seguridad psicológica es la base del liderazgo inclusivo. Sin este elemento, el talento —especialmente el femenino— se inhibe o se invisibiliza.

Para construir entornos verdaderamente habilitantes trabajo en tres niveles. Primero, el nivel de liderazgo, desarrollando en jefes y gerentes competencias de liderazgo consciente, feedback constructivo y gestión de sesgos. Segundo, el nivel de procesos, promoviendo prácticas claras de reconocimiento, evaluación y desarrollo basadas en mérito y evidencia. Y tercero, el nivel cultural, impulsando conversaciones abiertas sobre diversidad, equidad e inclusión.

Sé que vamos por buen camino cuando las mujeres sienten que pueden opinar, disentir y proponer sin temor. En ese momento no solo gana la equidad; gana también la innovación, el compromiso y la sostenibilidad del negocio.

En tu trayectoria, ¿qué momentos consideras decisivos para romper barreras y avanzar hacia posiciones de liderazgo?

Más que un único momento, han sido decisiones valientes tomadas en distintos puntos de mi trayectoria.  En mis primeros cargos asistenciales siempre estuve atenta a aprender de mis superiores y me encargaban actividades importantes. Me sentía valorada, y tomada en cuenta por mis capacidades, siempre fui muy curiosa y abierta al aprendizaje. 

Mi primer cargo de jefatura fue a los 23 años donde tuve que mudarme sola a la ciudad de Quito a trabajar con este cargo que era todo un desafío para mí. Una decisión que definitivamente me abrió camino. 

Algo que marcó profundamente mi camino es que construí mi liderazgo desde posiciones estratégicas como gerente de operaciones, gerente administrativa, gerente de compras e importaciones, siempre trabajando con un equipo humano, enseñando a otros, ayudándolos a desarrollarse, inspirando a que se preparen para que puedan crecer, brindando oportunidades.  Si tenía dentro del equipo madres, mujeres embarazadas, siempre intenté ser lo más empática posible porque sabía perfectamente lo que se gestaba en ese cuerpo, las emociones revueltas, las hormonas alborotadas, pero todas ellas muy comprometidas conmigo al mismo tiempo, dando resultados en tiempo y espacio correcto.

Esa diversidad de responsabilidades me permitió comprender que el liderazgo efectivo no depende del área funcional, sino de la capacidad de generar resultados a través de las personas. En cada uno de estos espacios asumí el desafío de influir, ordenar, movilizar y desarrollar equipos en contextos de alta exigencia operativa, lo que fortaleció una mirada de negocio integral y profundamente humana al mismo tiempo.

Uno de los puntos de inflexión más importantes fue reconocer que, independientemente del cargo, mi verdadero valor estaba en cómo habilitaba el desempeño de otros.

Apostar por mi voz propia como consultora y formadora también implicó salir de zonas de comodidad, asumir mayor exposición y confiar plenamente en el valor de mi experiencia acumulada en distintos frentes del negocio lanzándome como consultora independiente primero y ahora liderando mi propia empresa.

Mirando en retrospectiva, romper barreras ha tenido menos que ver con luchar contra el entorno y más con asumir con decisión cada responsabilidad que se me confió, incluso en escenarios nuevos o retadores. Esa amplitud de experiencia es la que hoy me permite acompañar a líderes y organizaciones con una visión estratégica, práctica y conectada con la realidad operativa del negocio.

Si pudieras enviar un mensaje a las mujeres que hoy aspiran a liderar en el mundo empresarial, ¿cuál sería la reflexión más valiosa que compartirías?

Les diría que el liderazgo no comienza cuando llega el nombramiento; comienza cuando decides hacerte responsable de tu impacto. El entorno empresarial necesita más mujeres preparadas, sí, pero también más mujeres visibles, estratégicas y dueñas de su voz.

Venimos de contextos históricos donde las oportunidades no siempre han sido iguales, y reconocerlo es parte de la madurez profesional. Sin embargo, también creo firmemente que hoy tenemos un rol activo en transformar esa realidad. Cada una de nosotras tiene la capacidad de cuestionar los patrones que ha heredado, ampliar su propia narrativa de posibilidad y tomar decisiones más conscientes sobre su crecimiento.

Mi invitación es a no quedarse únicamente en el diagnóstico del entorno, sino a pasar a la acción personal y profesional. Invertir de forma intencional en el desarrollo, construir redes de colaboración genuinas, practicar la sororidad día a día y dejar de esperar validaciones externas para avanzar. La excelencia abre puertas, pero la visibilidad y el coraje las mantienen abiertas.

Cuando una mujer decide hacerse cargo de su evolución, no solo acelera su propio camino; también amplía el horizonte para las que vienen detrás. Ese es, para mí, el verdadero efecto multiplicador del liderazgo femenino.