“Con el tiempo entendí que el equilibrio perfecto no existe, lo que existe es la armonía consciente según cada etapa de la vida”

Gabriela Guerra es una líder en auditoría y aseguramiento con más de 18 años de experiencia acompañando a compañías nacionales y multinacionales en la gestión de riesgos, fortalecimiento de controles internos y optimización de su desempeño financiero.

Actualmente se desempeña como Country Manager Partner en Optimice Ecuador. Su trayectoria también incluye una labor académica como docente de maestrías en el área de Contabilidad y Auditoría.

Cuenta con entrenamiento normativo internacional en Argentina, Perú y Estados Unidos, y recientemente fue designada Regional Council Chair para Latinoamérica, rol desde el cual impulsa el liderazgo profesional y las buenas prácticas en la región.

En un entorno empresarial cada vez más competitivo, ¿qué papel crees que juega la perspectiva femenina a la hora de innovar y tomar decisiones estratégicas?

Creo firmemente que la perspectiva femenina no es un complemento, es un factor estratégico. Las mujeres solemos integrar análisis técnico con intuición, empatía y visión sistémica. En auditoría y consultoría, donde la precisión es clave, también lo es la capacidad de comprender el impacto humano de cada decisión.

La diversidad en la toma de decisiones amplía el enfoque, cuestiona supuestos tradicionales y permite innovar con mayor responsabilidad. La perspectiva femenina aporta sensibilidad social, gestión del riesgo desde una mirada integral y una capacidad natural de construir consensos. En un entorno competitivo, eso no solo genera resultados sostenibles, sino confianza, que es el activo más valioso en nuestra profesión.

Las mujeres suelen enfrentar mayores exigencias al equilibrar vida personal y liderazgo corporativo. ¿Qué aprendizajes has obtenido sobre la gestión de ese balance y cómo lo aplicas hoy?

Liderar una firma de auditoría siendo mamá, esposa, hija y amiga es, sin duda, uno de los mayores desafíos de mi vida. Ser socia implica responsabilidad constante, decisiones estratégicas, estándares técnicos altos y un compromiso permanente con clientes y equipos. Pero nada se compara con el reto más importante que tengo: ser mamá.

Mis hijas son mi principal motor, mi mayor impulso, la razón por la que busco hacer las cosas bien, con ética, con propósito y con visión de futuro. Cada logro profesional tiene su rostro, cada meta tiene su nombre, cada paso que doy es pensando en el ejemplo que quiero dejarles.

Aun teniendo mi propia empresa y cierta flexibilidad para gestionar mi tiempo, hay días en los que el corazón pesa. Cierres, reuniones, viajes y responsabilidades que no esperan. Y como muchas mujeres en posiciones de liderazgo, he vivido esa tensión constante entre ser una ejecutiva firme y una mamá presente.

Con el tiempo entendí que el equilibrio perfecto no existe, lo que existe es la armonía consciente según cada etapa de la vida. Durante años sentí que debía demostrar el doble, ser impecable en lo profesional y en lo personal. Con el tiempo entendí que el liderazgo también implica vulnerabilidad, pedir apoyo y establecer límites claros.

He aprendido que la calidad del tiempo supera a la cantidad, que la vulnerabilidad también es parte del liderazgo y que mostrarles a mis hijas que una mujer puede liderar, construir, equivocarse, levantarse y amar profundamente es una enseñanza más poderosa que cualquier discurso.

Porque al final, ser mamá también es una forma de liderazgo. Y liderar con amor, coherencia y valores es el legado más importante que puedo dejar.

La cultura organizacional es clave para la igualdad. ¿Cómo construyes un ambiente en el que las mujeres puedan desarrollarse, liderar y sentirse seguras al expresar su visión?

Estoy convencida de que la cultura organizacional no se construye desde los discursos, sino desde las decisiones diarias que tomamos como líderes. La igualdad no puede ser un valor decorativo; debe reflejarse en políticas claras, procesos transparentes y comportamientos coherentes.

En Optimice Ecuador promovemos una meritocracia auténtica, donde el crecimiento profesional está basado en capacidades, resultados y principios éticos. Pero, además, trabajamos intencionalmente en eliminar sesgos inconscientes que históricamente han limitado el desarrollo femenino en espacios de alta dirección.

Fomento entornos donde la opinión no dependa del género, sino del criterio técnico y la visión estratégica. En reuniones estratégicas, por ejemplo, procuro que todas las voces sean escuchadas con el mismo respeto, evitando interrupciones o descalificaciones sutiles que muchas veces pasan desapercibidas.

También creo firmemente en el acompañamiento. El liderazgo femenino se fortalece cuando existe mentoría, retroalimentación honesta y oportunidades reales para asumir retos de alto impacto. No basta con invitar a participar; hay que confiar responsabilidades y abrir espacios de visibilidad.

Porque al final, construir una cultura inclusiva no es un acto de generosidad, es una decisión estratégica que fortalece la sostenibilidad y reputación de la firma.

En tu trayectoria, ¿qué momentos consideras decisivos para romper barreras y avanzar hacia posiciones de liderazgo?

Más que un solo momento, fueron decisiones sostenidas en el tiempo las que marcaron mi camino. En una profesión tradicionalmente exigente y técnica como la auditoría y consultoría, entendí que la preparación constante, la ética y la integridad serían mis principales aliados.

Recuerdo proyectos complejos donde tuve que alzar la voz en mesas dominadas por hombres, defendiendo criterios técnicos con firmeza y respeto. Defender criterios con firmeza, sin perder el respeto, fue la clave para ganar credibilidad.

Otro punto de inflexión fue dejar de intentar encajar en un modelo de liderazgo que no me representaba. Durante un tiempo pensé que debía endurecer mi estilo para ser tomada en serio. Con el tiempo comprendí que mi fortaleza no estaba en parecer diferente, sino en liderar desde mi autenticidad: con cercanía, visión estratégica, ética y capacidad de construir equipos sólidos.

Mirando atrás, creo que el verdadero quiebre no fue externo, fue interno: el día que entendí que no necesitaba permiso para ocupar espacios de decisión, siempre que estuviera preparada y actuara con coherencia.

Si pudieras enviar un mensaje a las mujeres que hoy aspiran a liderar en el mundo empresarial, ¿cuál sería la reflexión más valiosa que compartirías?

Les diría que no pidan permiso para liderar. Prepárense, sí. Esfuércense, por supuesto. Pero no esperen validación externa para reconocer su capacidad.

El liderazgo no es un cargo, es una decisión diaria de actuar con ética, coherencia y valentía. Habrá desafíos y momentos de duda, pero cada espacio conquistado abre camino para otras mujeres.

Y algo muy importante: no compitan entre ustedes, acompáñense. El verdadero empoderamiento femenino no es individual, es colectivo.