Por: Elisa Ledesma
Coordinadora de Marketing CIG
En agosto, la Cámara de Industrias de Guayaquil cumplirá 90 años. Su nacimiento fue parte de un momento histórico en el que Guayaquil, el comercio exterior y la producción comenzaron a definir una nueva etapa para el país.
En 1936, nuestro país era distinto. El Producto Interno Bruto alcanzaba los 11.109 millones de sucres (a valores de 1975, equivalentes aproximadamente a 102 millones de dólares). Su estructura productiva dependía en gran medida de bienes primarios y el salario mínimo era de 2 sucres diarios para los trabajadores de la Costa y de 1 sucre diario para los de la Sierra. En ese contexto empezaron a surgir actores e instituciones que impulsarían la organización del sector productivo y acompañarían el proceso de transformación económica que viviría el país en las décadas siguientes.
Fue precisamente allí donde la Cámara de Industrias de Guayaquil y otros gremios empresariales nacieron con la misión de representar a las empresas, articular la voz del sector productivo y fortalecer la capacidad de incidencia de quienes apostaban por producir, invertir y generar empleo de calidad en el Ecuador.
No se trató únicamente de crear una institución, sino de construir un espacio de representación para un sector que empezaba a asumir un rol cada vez más importante en la economía nacional.
Un país que empezaba a pensar en la industria
En la década de 1930, los principales productos de exportación del Ecuador estaban asociados a la producción agrícola y primaria. El cacao, tanto en estado natural como elaborado, seguía ocupando un lugar importante en la economía. También destacaban el café y sus elaborados, así como el banano, que con el tiempo se convertiría en uno de los productos emblemáticos de la oferta exportable ecuatoriana.
Esta estructura productiva estaba íntimamente conectada con el comercio exterior, pero todavía tenía por delante el desafío de transformar más, agregar más valor y diversificarse.
Ahí aparece la industria como una respuesta estratégica que, además de procesar las materias primas, abría la posibilidad de generar empleo urbano, incorporar nuevas tecnologías, especializar oficios, ordenar procesos y consolidar empresas capaces de producir de manera sostenible y sustentable.
La fundación de gremios y cámaras empresariales en ese período debe entenderse precisamente dentro de esa transición: el paso de una economía principalmente exportadora de productos primarios hacia una sociedad que empezaba a comprender el valor de industrializar, organizar y modernizar su aparato productivo.
Guayaquil: ciudad, puerto y fábrica
Al concentrar puertos, comercio, población, capacidad empresarial, conectividad y una cultura productiva ligada al intercambio, Guayaquil terminó consolidándose como uno de los principales polos industriales del país.
En 1936, Guayaquil tenía aproximadamente 150.000 habitantes. Hoy, su población bordea los 2.800.000 habitantes. Ese crecimiento demográfico trajo consigo transformaciones en la economía, el urbanismo y la producción.
La ciudad que hoy conocemos como una gran metrópoli nació, en buena parte, de su relación con el río, el puerto y el comercio. La llegada de materias primas, maquinaria, insumos y nuevas ideas permitió que la ciudad se convirtiera en un punto estratégico para el desarrollo de empresas. En aquel entonces, el epicentro del comercio exterior se ubicaba en el Malecón Simón Bolívar. La actividad portuaria, comercial e industrial se concentraba alrededor de ese eje. La Aduana funcionaba en lo que hoy corresponde al Campus Las Peñas de la ESPOL, un dato que permite imaginar la cercanía entre la ciudad histórica, el movimiento de mercancías y la vida económica de Guayaquil.
El río fue vía de transporte, fuente de recursos, punto de conexión comercial y soporte físico para una naciente estructura industrial.