“Muchas veces las oportunidades llegan acompañadas de incertidumbre, y es precisamente allí donde se demuestra la capacidad de adaptación y aprendizaje”

En un entorno empresarial cada vez más competitivo, ¿qué papel crees que juega la perspectiva femenina a la hora de innovar y tomar decisiones estratégicas?

A lo largo de mi trayectoria he transitado por sectores muy distintos: público, gremial, manufacturero, otras industrias y hoy financiero. Cada uno con dinámicas, presiones y culturas propias. Esa diversidad me enseñó que la innovación real no depende únicamente del sector, sino de la capacidad de leer el entorno con profundidad y actuar con visión de largo plazo.

En la industria manufacturera, por ejemplo, las decisiones impactan cadenas productivas completas; en el sector aeronáutico, cada determinación involucra variables regulatorias, reputacionales y operativas de altísima complejidad; en el ámbito público, las decisiones influyen directamente en el aparato productivo nacional y en la atracción de inversión. Hoy, en el mercado de valores, la innovación exige fortalecer infraestructura, confianza y transparencia para que el financiamiento fluya hacia el desarrollo.

En todos esos espacios he comprobado que la perspectiva femenina aporta una mirada sistémica. No se limita al resultado inmediato, sino que evalúa el impacto institucional, social y reputacional. Solemos integrar más variables en la ecuación: sostenibilidad, cultura organizacional, gestión del riesgo reputacional, articulación con actores clave. Esa capacidad de integrar dimensiones diversas mejora la calidad de la estrategia.

La innovación no es solo tecnológica; es cultural. Y la diversidad en la alta dirección —incluida la diversidad de género— eleva la profundidad de las decisiones estratégicas.

Las mujeres suelen enfrentar mayores exigencias al equilibrar vida personal y liderazgo corporativo. ¿Qué aprendizajes has obtenido sobre la gestión de ese balance y cómo lo aplicas hoy?

Este ha sido, sin duda, uno de los aprendizajes más complejos y más transformadores de mi vida profesional.

He ocupado posiciones de alta responsabilidad en contextos de enorme presión: negociaciones regulatorias en el sector manufacturero, manejo de crisis reputacionales en una aerolínea multinacional, articulación público-privada desde el Ministerio de Producción, y hoy la conducción estratégica de una institución financiera clave para el desarrollo económico. Cada uno de esos roles demandó disponibilidad permanente, toma de decisiones bajo presión y exposición pública constante.

En ese recorrido entendí varias cosas.

Primero, que el equilibrio no es estático ni perfecto. Hay etapas en las que la vida profesional exige mayor intensidad y otras donde la vida personal necesita prioridad. Pretender que ambos ámbitos estén siempre en igualdad absoluta genera frustración. El verdadero balance consiste en gestionar conscientemente esas transiciones sin perder el centro.

Segundo, comprendí la importancia de la red de apoyo. Ningún liderazgo es individual. En el sector privado, particularmente en posiciones ejecutivas, aprendí a rodearme de equipos técnicamente sólidos y éticamente confiables. Delegar no es perder control; es construir institucionalidad. Cuando asumí funciones en el sector público, esa lección fue aún más evidente: las agendas de política productiva y atracción de inversiones no pueden depender de una sola persona. Hoy aplico ese principio con convicción: formar equipos capaces es una decisión estratégica y también una forma saludable de ejercer liderazgo.

Tercero, aprendí a administrar la energía, no solo el tiempo. Las agendas ejecutivas suelen estar llenas de reuniones, viajes y decisiones urgentes. Pero el liderazgo sostenible requiere espacios de reflexión. En mis años en el sector corporativo, especialmente en industrias reguladas y altamente expuestas, entendí que detenerse a analizar antes de reaccionar es una ventaja competitiva. Hoy procuro mantener disciplina en la organización del tiempo, priorizando lo estratégico sobre lo meramente urgente.

Cuarto, entendí que la culpa es un peso innecesario que muchas mujeres cargamos. Durante años sentí que debía demostrar permanentemente excelencia profesional sin descuidar ningún otro ámbito. Con el tiempo comprendí que la coherencia y la claridad de prioridades son más importantes que la perfección. Liderar implica aceptar que no todo estará bajo control absoluto, pero sí bajo responsabilidad consciente.

Hoy aplico estos aprendizajes promoviendo una cultura organizacional basada en objetivos claros, procesos definidos y equipos empoderados. Cuando las instituciones funcionan con orden y visión estratégica, la presión se gestiona mejor. Además, procuro modelar un liderazgo firme, pero humano; exigente, pero equilibrado. Creo que mostrar que es posible liderar con disciplina sin sacrificar bienestar envía un mensaje poderoso, especialmente a mujeres jóvenes que aspiran a posiciones directivas.

El equilibrio no es una concesión personal; es una condición para sostener decisiones de alto impacto con claridad mental y consistencia ética.

La cultura organizacional es clave para la igualdad. ¿Cómo construyes un ambiente en el que las mujeres puedan desarrollarse, liderar y sentirse seguras al expresar su visión?

Mi experiencia en gremios empresariales me permitió observar cómo la cultura institucional puede acelerar o frenar el talento. En la Cámara de Comercio, por ejemplo, el diálogo con empresarios de distintos tamaños y sectores me enseñó que la competitividad está profundamente ligada a la inclusión y a la diversidad de pensamiento. 

En el sector corporativo, liderando áreas de asuntos corporativos y sostenibilidad, comprendí que la reputación organizacional depende de la coherencia entre discurso y práctica. Las políticas de equidad deben traducirse en procesos concretos: evaluaciones objetivas, oportunidades de capacitación, rutas claras de crecimiento. Más adelante, en el ámbito público, confirmé que la inclusión no es solo una agenda social; es una agenda de competitividad nacional.

He impulsado iniciativas orientadas al liderazgo femenino porque creo firmemente que la representación importa. Pero más allá de la representación, lo fundamental es construir reglas claras y entornos seguros donde las ideas puedan debatirse técnicamente. En mi gestión promuevo espacios donde el criterio profesional prevalezca sobre jerarquías rígidas. La innovación requiere libertad intelectual, y esa libertad solo florece en culturas organizacionales basadas en respeto y meritocracia.

En tu trayectoria, ¿qué momentos consideras decisivos para romper barreras y avanzar hacia posiciones de liderazgo?

Cada transición sectorial fue, en sí misma, una ruptura de zona de confort. Pasar del ámbito gremial al corporativo multinacional implicó elevar estándares técnicos y adaptarme a estructuras globales. Asumir responsabilidades en una industria manufacturera con alta exposición regulatoria demandó firmeza, capacidad de negociación y comprensión profunda del entorno normativo.

Posteriormente, ingresar al sector público significó cambiar la lógica de decisión: ya no se trataba únicamente de competitividad empresarial, sino de políticas que impactan a todo el aparato productivo. Esa experiencia amplió mi visión estratégica y reforzó mi convicción sobre la importancia de la articulación público-privada.

Hoy, liderar en el sector financiero representa un nuevo nivel de responsabilidad institucional. No solo por la dimensión técnica, sino por el impacto sistémico que tiene un mercado de valores sólido en el desarrollo económico. Cada etapa me obligó a prepararme más, a escuchar más y a sostener principios con mayor claridad.

Romper barreras no fue un acto puntual; fue una suma de decisiones consistentes, preparación constante y disposición a asumir retos que inicialmente parecían superiores a mi experiencia.

Si pudieras enviar un mensaje a las mujeres que hoy aspiran a liderar en el mundo empresarial, ¿cuál sería la reflexión más valiosa que compartirías?

Les diría que el liderazgo comienza mucho antes del cargo. Empieza con la preparación constante, la disciplina y la construcción de criterio propio. Invertir en formación, ampliar redes profesionales y asumir responsabilidades progresivas son pasos esenciales para consolidar una trayectoria sólida.

También les aconsejaría no esperar condiciones perfectas para avanzar. Muchas veces las oportunidades llegan acompañadas de incertidumbre, y es precisamente allí donde se demuestra la capacidad de adaptación y aprendizaje. La seguridad no proviene de saberlo todo, sino de estar dispuesta a aprender y a tomar decisiones con responsabilidad.

Finalmente, les recordaría que el liderazgo tiene un impacto que trasciende lo individual. Cada mujer que ocupa un espacio de dirección contribuye a ampliar el horizonte para otras. Liderar implica generar valor para la organización, para el ecosistema productivo y para la sociedad en su conjunto. Cuando el propósito está claro, los desafíos se convierten en impulso para seguir avanzando.