Por: Alberto Guerrero
Líder Ingenia Summit / Servicios al Afiliado CIG
Llegué al AI Summit Bogotá con una mezcla de curiosidad profesional y cierta ansiedad sana. No iba únicamente a escuchar sobre inteligencia artificial; iba a observar cómo se estaba viviendo, vendiendo y aterrizando esa conversación en un mercado cercano al nuestro. Quería entender qué estaban mirando las empresas, qué preguntas hacían los ejecutivos, qué formatos funcionaban. Y, sobre todo, cuánto de ese ruido tecnológico estaba realmente conectado con productividad, eficiencia y negocio. Llegué con expectativas moderadas y la ligera sospecha de que sería otro espacio de PPT bonitos sin mucha sustancia. Me equivoqué casi de inmediato.
La primera impresión
Lo primero que me golpeó fue la cantidad de gente. No estoy exagerando: había filas que serpenteaban por los pasillos del centro de convenciones para acceder a los workshops, y eso que todavía no eran las nueve de la mañana. Ejecutivos con credenciales al cuello negociando espacios en el cronograma. Networking en los rincones, junto a mesas de café, en cualquier rincón disponible. Ese zumbido particular que tienen los eventos cuando algo importa de verdad.
El AI Summit no era un evento de tecnología para tecnólogos. Era un evento de negocios con inteligencia artificial como idioma común. Y esa diferencia —sutil pero enorme— lo cambia todo.
Uno de los motivos por los que decidimos asistir fue el diseño del evento en sí. No era el esquema clásico de una sala, un escenario y un desfile de ponentes. Había formatos simultáneos y en paralelo: Main Stage con keynotes de alto impacto, Workshops, Masterclasses, una clínica de consultoría rápida llamada 1:1 IA Clinic, y el Industry Stage —formato tipo TED, sin adornos—. Desde una plataforma digital podías construir tu propia agenda y seleccionar con quién querías hacer networking antes de llegar.
La idea partía de un reconocimiento que los eventos tradicionales suelen ignorar: no todos los asistentes buscan lo mismo. Algunos quieren visión estratégica. Otros quieren casos concretos. Otros quieren sentarse con su computador y probar algo. Un buen evento ya no puede limitarse a una secuencia de charlas; tiene que ofrecer recorridos. La ejecución, honestamente, fue víctima de su propio éxito: el volumen de personas superó cualquier estimación y la experiencia se volvió un poco caótica. Pero incluso en eso había un aprendizaje valioso: las filas más largas eran para los espacios más prácticos. La gente no quería solo escuchar. Quería aprender haciendo.
La tarde y los agentes
La tendencia que más veces escuché ese primer día —en el Stage principal, en los pasillos, en una conversación de diez minutos con un product manager de Medellín— fue una sola palabra: agentes.
Hasta hace poco, muchos hablábamos de copilotos: asistentes que ayudan a redactar, resumir o analizar información. Pero la conversación está avanzando hacia algo cualitativamente diferente. Los agentes de IA no solo ayudan a pensar; empiezan a ayudar a hacer. Pueden ejecutar tareas, conectarse con sistemas, aprender de datos y actuar dentro de flujos de trabajo concretos. No en abstracto. No como concepto de laboratorio. Sino en producción, funcionando hoy.
Equipos comerciales que reciben insights automáticos antes de llamar a un cliente. Sistemas que analizan correos, conversaciones de WhatsApp, grabaciones de llamadas —toda la interacción entre la empresa y sus clientes— para alimentar estrategias con una precisión que hace tres años parecía imposible. Estuve en una sesión donde explicaban cómo un agente identifica en qué momento del ciclo de compra está un usuario y redirige la conversación hacia el cierre. Sin intervención humana.
Me quedé callado un momento. No de asombro ingenuo, sino de ese tipo de silencio cuando algo encaja en un lugar que tenías pendiente de resolver.
Porque el punto clave no es la tecnología en sí. Es lo que permite: que lo que antes estaba disperso en hojas de cálculo, grabaciones, correos y memoria individual empiece a convertirse en información accionable. La IA no genera valor por existir. Genera valor cuando mejora una decisión, acelera una tarea o revela algo que el equipo no estaba viendo.
La advertencia que más importa
El segundo día llegué diferente. Menos turista, más observador.
Y lo que observé fue incómodo, en el buen sentido. Varias presentaciones volvieron sobre el mismo problema: la tasa de fracaso en implementaciones de IA es alta. Más alta de lo que cualquier folleto de vendedor admite. Y la causa, en la mayoría de los casos, no era tecnológica. Era estructural. Falta de arquitectura de datos. Ausencia de gobernanza. Procesos sin documentar que nadie quiso tocar antes de instalar un modelo encima.
La IA, dijeron más de una vez, no arregla el desorden. Lo amplifica. Una solución brillante sobre una estructura débil puede verse atractiva en una demostración, pero se cae cuando toca operar en la realidad.
Ese punto debería preocuparnos. En nuestras empresas solemos hablar de transformación e innovación, pero muchas veces sin responder primero preguntas básicas: ¿dónde están nuestros datos? ¿quién los administra? ¿qué calidad tienen? ¿qué procesos están documentados? La tentación es empezar por la herramienta en lugar de por la base. Compramos el martillo antes de saber exactamente qué clavo vamos a clavar.
Colombia, como mercado, está pasos adelante. No solo en adopción tecnológica, sino en algo más difícil de medir: la actitud. El perfil de los asistentes era diferente. La velocidad con la que las iniciativas pasan de la idea a la implementación es diferente. Los workshops eran aterrizados, con casos reales, con números. Me pregunté, en voz baja, cuántas veces hemos visto en Ecuador ese mismo entusiasmo seguido de la misma parálisis. La respuesta honesta es que demasiadas.
La brecha que más importa
Hubo un momento —no en ninguna charla formal, sino en una conversación de pasillo— donde alguien dijo algo que no pude quitarme de la cabeza en el vuelo de regreso:
“El problema no es la herramienta. El problema es que la gente todavía le tiene miedo a cambiar cómo piensa.”
Eso es la brecha cultural. No es que no tengamos acceso a las mismas herramientas que usan en Bogotá. Es que integrar la IA en el día a día de una organización requiere cambiar la forma de tomar decisiones, de confiar en los datos, de redefinir roles. Implica que los equipos pierdan el miedo inicial y entiendan que la IA no es una amenaza abstracta, sino una herramienta que exige dirección humana, contexto y responsabilidad. Y eso no lo instala ningún proveedor.
Lo que vi en el AI Summit fue una comunidad empresarial que ya cruzó ese umbral. O al menos está atravesándolo activamente, con los pies mojados y sin parar. Ejecutivos de empresas grandes admitiendo errores de implementación frente a cientos de personas. Startups mostrando soluciones que nadie había encargado, porque nadie había imaginado todavía el problema que resolvían. Esa disposición a aprender en voz alta es lo que diferencia a un ecosistema que avanza de uno que observa.
De regreso con una tesis
Me traje de Bogotá una convicción que ya tenía, pero que ahora tiene más músculo.
La diferencia ya no será quién usa inteligencia artificial. En los próximos dos o tres años, eso será tan común como usar correo electrónico. La diferencia real será quién sabe integrarla. Quién construyó la base de datos. Quién formó a su equipo no solo en el uso de una herramienta, sino en una nueva forma de trabajar y de decidir. Quién entendió que la IA no se integra por decreto, sino con método, cultura y visión práctica.
Y la verdadera brecha, en consecuencia, no es tecnológica. Es cultural.
Ecuador tiene talento, empresas sólidas y sectores con enorme potencial para beneficiarse de estas herramientas. La IA agéntica puede cambiar la forma en que trabajamos en ventas, compras, distribución y atención al cliente. Un agente bien diseñado puede dar seguimiento a oportunidades, preparar reportes, analizar interacciones, activar alertas y reducir tareas repetitivas. Pero para llegar ahí no basta el entusiasmo. Hace falta estructura. Y hace falta la conversación correcta: no si adoptar la IA, sino cómo hacerlo de forma sostenida y estratégica.
La conversación que queremos traer a guayaquil
Esa transición —menos enfocada en el asombro y más orientada a la aplicación real— es justamente lo que queremos impulsar con la segunda edición de INGENIA Summit, bajo el nombre IA en Acción, prevista para el 17 de septiembre de 2026 en el Hotel Hilton Colón.
No se trata de replicar lo que vi en Bogotá. Se trata de construir nuestra propia respuesta al momento: un espacio diseñado para el ecosistema empresarial ecuatoriano, con foco en las áreas donde la IA puede generar impacto real en las operaciones —compras, ventas y distribución—. Entender qué funciona, qué falla, qué exige preparación y qué oportunidades concretas se abren para nuestras industrias.
Porque si algo me dejó claro Bogotá es que la IA no espera a que todos estemos listos. Avanza. Aprende. Se integra. Y obliga a las organizaciones a hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Estamos preparando a nuestras empresas para usar inteligencia artificial como una herramienta más, o para convertirla en una verdadera capacidad de negocio?