Por: Ivanna Vanoni
GERENTE GENERAL DE DAMERSOL S.A.
En la industria alimentaria, tener una buena idea no basta. Para que un producto llegue al mercado se necesita infraestructura, equipos, personal capacitado, controles sanitarios, trazabilidad y una operación capaz de repetir resultados de manera consistente. Para muchas empresas, asumir toda esa estructura desde el inicio puede convertirse en una importante barrera de inversión.
Ahí es donde la maquila adquiere valor estratégico. No se trata simplemente de entregar una fórmula para que un tercero fabrique. Bien estructurada, permite acceder a capacidad productiva especializada, probar nuevos productos, atender incrementos de demanda y concentrar recursos en aquello que también determina el éxito de una marca, como conocer al consumidor, desarrollar canales y construir una propuesta de valor.
En alimentos, además, producir para terceros exige método. La normativa ecuatoriana reconoce expresamente la fabricación mediante empresas maquiladoras y contempla el uso de la certificación de Buenas Prácticas de Manufactura (BPM) de la planta fabricante, siempre que el producto esté dentro del alcance de sus líneas certificadas y se cumpla con la documentación correspondiente. Las BPM buscan reducir riesgos y asegurar condiciones adecuadas de fabricación.
Esto cambia la manera de entender la maquila. Una planta certificada no aporta únicamente espacio y maquinaria. Aporta procesos estandarizados, controles de materias primas, registros, trazabilidad, capacitación y mecanismos para detectar desviaciones. Para quien desarrolla una marca, esa estructura puede ser una forma más ordenada de avanzar hacia el mercado.
Un estudio de la Escuela Politécnica Nacional, realizado en dos microempresas alimenticias de Quito, identificó beneficios de la certificación BPM y de la notificación sanitaria en la gestión de procesos y la cadena de valor, aunque también señaló que sus costos y resultados dependen de la realidad de cada empresa. Esa precisión importa porque la maquila no es una solución automática ni funciona igual para todos.
Las pequeñas y medianas empresas alimentarias pueden apoyarse en capacidades externas para desarrollar nuevos productos. En la práctica, esa relación funciona cuando cada parte aporta lo que mejor conoce. La marca conoce su mercado y su consumidor, mientras que la planta aporta su conocimiento del proceso productivo, su capacidad y los controles necesarios.
Por eso, veo la maquila como una herramienta de crecimiento y no únicamente como una forma de tercerizar producción. Cuando existe compatibilidad entre el producto y la planta, controles adecuados y una relación bien definida, puede ayudar a transformar una idea en un producto viable y facilitar su llegada al mercado.
Al final, lo importante no es solo poder fabricar un producto, sino contar con una operación que permita hacerlo bien y acompañar el crecimiento de la empresa.